En 1984, la NASA envió 3.301 abejas al espacio junto a cinco astronautas de la misión Challenger para estudiar cómo se comportaban a falta de gravedad. Al principio, las abejas tenían dificultades para volar, pero después de varios días se adaptaron y comenzaron a desplazarse sin chocar.
Además, construyeron unos 200 centímetros de panal, con una estructura muy similar a la que realizan en la Tierra, y mantuvieron un comportamiento social normal. La reina también puso unos 35 huevos, aunque ninguno llegó a eclosionar tras regresar a la Tierra.
El experimento demostró la gran capacidad de adaptación de las abejas a condiciones de microgravedad.