En 1927, el arquitecto e inventor estadounidense Richard Buckminster Fuller gritó a los cuatro vientos una idea que sonaba a broma: la posibilidad de tener una casa al mismo precio que un coche. Así nació la Dymaxion House: un armazón hexagonal de aluminio, ligero como una tienda de campaña, pensado para fabricarse en una cadena de montaje igual que un Ford. Buckminster Fuller (1895-1983) estaba convencido de que la vivienda tradicional era ineficiente y cara, y de que la misma industria que había puesto el automóvil al alcance de la clase media podía hacer lo propio con el techo bajo el que dormían; sin embargo, a pesar de los miles de pedidos que llegó a recibir, solo se construyeron dos prototipos.La comparación con el automóvil no es casual ni exclusiva de Fuller. “Esa es la aspiración de cualquier industria o sector, y la arquitectura no iba a ser menos”, sostienen Pilar Cano-Lasso e Ignacio de la Vega, arquitectos y cofundadores del estudio Delavegacanolasso, responsables del sistema de vivienda industrializada y sostenible Tini. El problema, matizan, es que “buena”, “bonita” y “barata” son conceptos muy subjetivos dentro de la arquitectura residencial. La vivienda se ha entendido siempre como un traje a medida, algo que resiste mal la lógica de la repetición y construcción en cadena. Llevamos casi un siglo, resumen, “intentando conciliar dos ideas que no siempre han sabido convivir: la eficiencia y repetición propias de la industria con la capacidad de la arquitectura para responder de manera sensible a cada lugar y a cada persona”
Paula Delgado Hernáiz 1ºNS